Es inmenso lo que te puede hacer una canción, lo que te puede recordar. He escuchado una canción absolutamente horrible. La odio. No me gusta. Sin embargo, la estoy bailando y cantando como si fuera mi preferida de todos los tiempos. He cerrado los ojos. Me he transportado a la plaza de mi pueblo un 15 de agosto, hace un poco de frío, mis padres estan cerca saludando a conocidos, amigos y vecinos, que hace tiempo que no ven. La barra está llena de gente - lugareños y otras personas que veranean en pueblos de alrededor. Conozco a media plaza, veo la iglesia de reojo que nos observa cada año, mis amigas están bailando y pienso en lo bien que está todo. Estoy contenta. En unos minutos, sonará cualquier canción típica de cada verano, pediremos otro trago y se hará de día cuando sigas bailando de camino a casa sin querer que la fiesta termine. Gastas tus últimos pasos de baile. Y un día, de golpe, serán los últimos hasta al cabo de muchísimo tiempo, más de lo que nunca hubieras imagina...
Una de las cosas que más odio en el mundo es pelearme con la tecnología. Creo que mis dos peores enemigos son la vinculación de dispositivos Bluetooth y las impresoras. Hoy mismo he presenciado una tierna pelea de enamorados con dos dispositivos que no querían emparejarse. Lo he intentado, lo he vuelto a intentar y no había manera. Así que me he quedado sin banda sonora a todo volumen para un paseo al mediodía. El sol ha salido contra todo pronóstico así que tenía ganas inmensas de poner la música a tope y caminar creyendo qhe estoy en un videoclip. Pero nada, no lo he conseguido. Así que he dejado la riña de enamorados entre móvil y auriculares, y los he guardado a los dos. He aceptado mi derrota y he decidido practicar el mindfulness urbano. Sí, observar a conciencia todo lo que me rodeaba. Una de mis aficiones secretas es observar a gente desconocida. Les observo, les miro cómo se comportan, me imagino sus vidas, sus prisas, sus dudas. Me imagino cómo se llaman. Mari Carmen, le qued...